En la mañana me avisaron que el esposo de Doña L, (la señora que me ayuda en casa) falleció inesperadamente anoche :-( así que pregunté dónde lo estaban velando y cómo llegar.

La familia está reunida en su iglesia, y aunque no compartimos la misma religión, decidí ir un momento a acompañarla y ponerme a sus órdenes por lo que necesitara.

Confieso que iba con un poquito de pena y como de recelo, temiendo ser inoportuna o que se viera mal que, no compartiendo yo su fé, entrara yo en su iglesia…

Sin embargo ¿vieran qué generosos y cálidos son aún con los extraños? Doña L, en medio de su dolor se alegró que yo fuera y me agradeció genuinamente el estar ahí, me presentó a sus hijos, sus nietos, los hermanos de su difunto esposo, y demás amistades de su congregación. Todos muy tristes, obviamente, pero super amables y atentos…

Vengo llegando apenas a casa, y comentaba con uno de los chicos que, si bien es totalmente distinto a los rituales funerarios a los que estamos acosumbrados, me conmovió mucho la calidez, la unión y la fe e incluso la alegría en el Señor que noté en este al que fui…

Ni hablar, el mundo no sería mundo si, por un lado unos ríen y celebran, y otros lloran y entierran a sus muertos… :-(