Es sumamente común que la gente exprese que alguien conocido es un perezoso, e inclusive uno mismo llega a reconocer que en determinado momento de nuestra vida nos dio flojera hacer algo, sencillamente porque no quisimos.

El tema de la pereza es un tópico que frecuentemente se maneja o se menciona en el ambiente laboral, y aun mucho mas en el familiar, y sobre todo con los hijos a la hora de hacer la tarea escolar y ya no se diga las obligaciones domesticas.

Se puede decir que este tema es delicado y muy rasposo, ya que al tocarse con cualquier persona que padezca de este mal habito, se le incide a manera de reproche, de reclamo y en su mayoría de las veces con mucha exigencia a su pronto arreglo.

La pereza se puede conceptualizar como la apatía para realizar una actividad e implica una falta de voluntad para realizar un esfuerzo o emplear nuestra energía.

La etiqueta de perezoso, al igual que las de holgazán, indolente o despreocupado, son etiquetas pertenecientes a una cultura de culpa. Por tanto, no suelen generar cambios de conducta, sino respuestas defensivas orientadas a guardar las apariencias y, con frecuencia, culpando al acusador o al mundo. Cuando alguien se siente atacado, instintivamente, utiliza su energía en defenderse. Se enfoca en eludir la etiqueta, más que en arreglar el problema.

Los hábitos de pereza como muchos otros, al parecer se inician en nuestros primeros años de vida. Cada vez que experimentamos un pensamiento, sentimiento que nos indica que dejemos de hacer algo, el cerebro responde adaptándose a ellos. El cerebro se modifica generando nuevas conexiones, que mediante su repetición crean circuitos poderosos y “eficientes”. Como todos los hábitos, la pereza sino se controla con disciplina “mejora” con la práctica.

Cada vez que enfrentamos una situación que puede evocar incomodidad, amenaza o miedo, se dispara el proceso (hábito). El cerebro activa el circuito, que conduce de forma “automática” a través de una serie de respuestas previamente aprendidas y muy bien entrenadas.

El gran alivio que se experimenta cuando nos conectamos al facebook (ejemplo de actividad sustitutiva) es la recompensa que mitiga la evitación de la tarea que queremos (o tenemos) que hacer y que nos incomoda (empezar a estudiar o hacer la tarea o el informe). Previamente nos hemos dicho “empezaré a estudiar más tarde”, “todavía quedan muchos días para el examen”, “ahora no tengo humor para hacer ese informe”…

Puede que resulte útil conocer que es en el cerebro donde se originan y disparan estos procesos.

Por tanto, parece conveniente que se encuentren formas de modificar esos circuitos cerebrales. Más concretamente, que se crea y se practiquen nuevos circuitos (más efectivos) que sustituyan a los inefectivos actuales que retrasan la ejecución de la tarea “relevante”. Eso requiere el aprendizaje y la práctica (repetición) de nuevas habilidades, técnicas y procesos, que generarán nuevos patrones efectivos.

La actitud de seguir culpándonos (o culpando a otro) por la forma en la que funciona nuestro cerebro cuando estamos en “modo pereza”, no es una actitud positiva ni efectiva. Se comprende la frustración ante la repetición del hábito, pero no sirve para nada bueno la queja e inculpación. Un hábito funciona así y no es suficiente decirle al otro, o a uno mismo, que tenemos que cambiarlo.

Más efectiva parece la actitud de preguntarnos qué vamos a hacer, concretamente, para cambiar de forma eficaz ese hábito.

Un clásico: “Hoy me levante con muchas ganas de ir a trabajar, creo que me volveré a acostar otro rato a ver si se me pasan”

“Las personas con éxito construyen hábitos para hacer lo que las personas que fracasan no les gusta hacer. Les satisfacen los resultados que consiguen cuando hacen lo que no les gusta”

Mucha Suerte y animo, si se puede.